
La carta destaca la relación histórica entre el río Guayas, el Babahoyo y la vida cotidiana de Guayaquil y comunidades ribereñas. Describe al río como un espacio de navegación, trabajo, intercambio y vivienda, recordando que sus orillas albergaban embarcaciones, astilleros y estructuras flotantes esenciales para la economía y cultura local durante siglos.
También resalta el traslado del Observatorio de Santay desde el Babahoyo hasta la isla, como símbolo de recuperación de la navegación fluvial y del vínculo humano con el agua. El texto propone que estos ríos vuelvan a ser espacios de encuentro, educación, movilidad y patrimonio, sin limitarse solo a la conservación ambiental.