
Miles de estudiantes ecuatorianos recorren cada día rutas marcadas por asaltos coordinados cerca de colegios, buses y paradas. Los delincuentes actúan en grupos, con capuchas y puntos de ataque distribuidos, mientras las familias ajustan horarios y trayectos para reducir riesgos. Muchos jóvenes evitan denunciar porque creen que el trámite no cambia nada.
La inseguridad afecta la rutina escolar y convierte el acceso a la educación en una experiencia de temor constante. La falta de prevención y la respuesta policial tardía permiten que las bandas repitan su estrategia sin ser frenadas. El problema ya no solo refleja criminalidad, también evidencia un fracaso institucional que exige patrullaje, coordinación y medidas preventivas.