
En Cuba, Venezuela y Haití se observa una espera prolongada marcada por crisis políticas y precariedad social. La columna sitúa a Cuba como ejemplo de un régimen que administra el tiempo de la población para desgastarla. La demora constante reduce expectativas, aplaza proyectos de vida y convierte la resistencia cotidiana en una forma de supervivencia.
La idea central sostiene que el poder autoritario no solo controla recursos materiales, sino también la duración de la esperanza. Al restringir lo que la gente imagina posible, debilita su capacidad de cambiar la realidad. Desde esa perspectiva, la espera deja de ser una pausa y se transforma en una herramienta de dominación que condiciona vidas enteras.