
Guayaquil, una ciudad ubicada en una cuenca sedimentaria y con una topografía plana, enfrenta serios desafíos cada vez que se presentan lluvias intensas. La geografía de la región dificulta que el agua de lluvia fluya naturalmente hacia los cuerpos receptores, provocando rápidamente inundaciones en las vías principales y en zonas residenciales. Este problema se agrava por el alto índice de impermeabilización de la ciudad, que limita la capacidad del suelo para absorber el agua.
El tipo de suelo en Guayaquil, compuesto principalmente por arcillas expansivas y depósitos aluviales, contribuye a la saturación rápidamente tras las lluvias. La dinámica hidrogeológica de la región, además, se ve afectada por las mareas del Océano Pacífico. Durante las lluvias torrenciales, especialmente coincidiendo con la marea alta, el agua no puede evacuar correctamente, lo que trae consigo inundaciones repentinas y caos en el tráfico.
La infraestructura de alcantarillado de Guayaquil no ha sido capaz de adaptarse a las condiciones climáticas actuales. Diseñada para un clima que no tiene en cuenta las lluvias intensificadas por fenómenos como El Niño, la ciudad enfrenta continuamente retos significativos para su planificación urbana. La falta de áreas verdes y la ocupación informal de zonas de riesgo pone en alto riesgo a la población, reflejando la necesidad urgente de inversión en soluciones efectivas para mitigar estos problemas.