
Tres atentados contra Donald Trump en dos años no parecen hechos aislados, sino una señal de deterioro en la seguridad política de Estados Unidos. El episodio más reciente ocurrió en Washington, durante la cena de corresponsales, cuando un hombre armado disparó cerca del evento. Trump fue evacuado y salió ileso, en medio de una fuerte alarma nacional.
Los casos previos se registraron en Pensilvania, Florida y California, en contextos distintos, pero con el mismo patrón de amenaza recurrente. Analistas advierten que la polarización, la proliferación de armas y la exposición permanente de los líderes crean un entorno propicio para la violencia. Más que un ataque individual, el fenómeno refleja presión sobre la democracia estadounidense.